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El Cielo cuenta cuentos

Relato de la Tercera Noche /Re creación de Purím / Al pie de la Letra

"RELATO DE LA TERCERA NOCHE"

 

El hombre se detuvo frente a la entrada de una cavidad en la roca. Hacía tiempo que la noche había caído Qué frío tenía el hombre. El hombre entró en la gruta. No sabía por qué camino le habían conducido sus pasos. El hecho es que se encontraba aquí, en este lugar oscuro. A sus pies veía una laguna. En realidad era el reflejo de la superficie lo que le hizo pensar que se trataba de una laguna subterránea. El difuso y tenue rayo de luz que venía de la bóveda, por la otra orilla, le permitía ver ¿Era ver, de veras? ¿Qué veía en realidad? Muy poca cosa. De una de las nervaduras de la bóveda veía caer unas gotas, como densas, gruesas gotas de sangre. Todo lo que alcanzaba su visión tenía color de sangre, ese rojo oscuro y cobrizo parecía ser el color de todo lo que formaba este lugar. La laguna no parecía muy profunda. El hombre se decidió a penetrar en ella a fin de poder acercarse a la luz. Tuvo que desnudarse pero aquí no hacía frío, tampoco el agua estaba fría, ¿era realmente agua? Tenía consistencia de sangre. Al hombre le dio de repente la sensación de estar en un corazón abierto.

Curiosamente la impresión no le era desagradable. Era muy sorprendente este baño de sangre. Cuando estuvo cerca del goteo, el hombre supo que era sangre de verdad, y una sangre viva. Gota a gota esta sangre alimentaba la laguna. No se veía nada a la izquierda. La oscuridad era total. El hombre dio un paso más y una de las gotas cayó de lleno sobre su cabeza. Estuvo cubierto, revestido por ella. La luz le iluminó. Se vio revestido de oro Sobre su desnudez, una túnica de oro brillaba suavemente. De repente el hombre se sintió alzado, como levantado, pasó de la gruta en forma de corazón a un espacio luminosísimo, de la misma luz que la luz que penetraba en la cueva. Este espacio era parecido a un prado clavado de flores de variedad infinita Todas eran de una belleza ignorada. Ninguna de ellas destacaba de forma discordante. Era todo tan bello, tan alegre y lleno de vida.

Las fatigas de su largo viaje se habían esfumado. ¿Cuánto tiempo hacía que duraba este tránsito, este errar como en un laberinto? El hombre no hubiera podido decirlo. Le parecía que siempre había sido así. Su exilio existía antes que su memoria. Si, él había nacido en un lugar determinado, a una hora precisa, en una época específica, pero de todos esos datos adquiridos, pues claro, ¿cómo se iba a acordar?, no le servían para saber de donde venía ni para conocer el camino de regreso o de salida del extravío general.

         Es verdad que la toma de conciencia de su destierro no se había hecho palpable hasta que decidiera buscar, cueste lo que cueste, el amor absoluto y su origen. La ocasión se había producido tarde en su vida. Ya había andado mucho, tropezado con el mal, el desamor, el engaño y sobre todo con el dolor, el sufrimiento de los hombres. Te ríes. En tus ojos veo gavillas de estrellas chispeantes. Sabes de quién se trata, sabes que no sé cómo tirar. Yo también sé quién es, por esta razón no puedo decir lo que sé. Ríete si quieres. Me alegra tu alegría. ¡Qué será cuando podamos reír juntos con el hombre de la gruta!
         Bueno, si no puedo contar más sobre la historia de, digamos de Neví, dime si puedo decir lo que pasó en este prado. Si sonríes así es que estás de acuerdo. Tú sabes lo que todo esto esconde, yo no. Así que tendrás que ayudarme para que salga según la verdad de tu sabiduría...

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