El hombre se detuvo frente a la entrada de una cavidad
en la roca. Hacía tiempo que la noche había caído
Qué frío tenía el hombre. El hombre entró en
la gruta. No sabía por qué camino le habían conducido
sus pasos. El hecho es que se encontraba aquí, en este lugar
oscuro. A sus pies veía una laguna. En realidad era el reflejo
de la superficie lo que le hizo pensar que se trataba de una laguna
subterránea. El difuso y tenue rayo de luz que venía de
la bóveda, por la otra orilla, le permitía ver ¿Era
ver, de veras? ¿Qué veía en realidad? Muy poca
cosa. De una de las nervaduras de la bóveda veía caer
unas gotas, como densas, gruesas gotas de sangre. Todo lo que alcanzaba
su visión tenía color de sangre, ese rojo oscuro y cobrizo
parecía ser el color de todo lo que formaba este lugar. La laguna
no parecía muy profunda. El hombre se decidió a penetrar
en ella a fin de poder acercarse a la luz. Tuvo que desnudarse pero
aquí no hacía frío, tampoco el agua estaba fría, ¿era
realmente agua? Tenía consistencia de sangre. Al hombre le dio
de repente la sensación de estar en un corazón abierto.
Curiosamente la impresión no le era desagradable.
Era muy sorprendente este baño de sangre. Cuando estuvo cerca
del goteo, el hombre supo que era sangre de verdad, y una sangre viva.
Gota a gota esta sangre alimentaba la laguna. No se veía nada
a la izquierda. La oscuridad era total. El hombre dio un paso más
y una de las gotas cayó de lleno sobre su cabeza. Estuvo cubierto,
revestido por ella. La luz le iluminó. Se vio revestido de oro
Sobre su desnudez, una túnica de oro brillaba suavemente. De
repente el hombre se sintió alzado, como levantado, pasó de
la gruta en forma de corazón a un espacio luminosísimo,
de la misma luz que la luz que penetraba en la cueva. Este espacio era
parecido a un prado clavado de flores de variedad infinita Todas eran
de una belleza ignorada. Ninguna de ellas destacaba de forma discordante.
Era todo tan bello, tan alegre y lleno de vida.
Las fatigas de su largo viaje se habían esfumado. ¿Cuánto
tiempo hacía que duraba este tránsito, este errar como
en un laberinto? El hombre no hubiera podido decirlo. Le parecía
que siempre había sido así. Su exilio existía antes
que su memoria. Si, él había nacido en un lugar determinado,
a una hora precisa, en una época específica, pero de todos
esos datos adquiridos, pues claro, ¿cómo se iba a acordar?,
no le servían para saber de donde venía ni para conocer
el camino de regreso o de salida del extravío general.
Es
verdad que la toma de conciencia de su destierro no se había
hecho palpable hasta que decidiera buscar, cueste lo que cueste, el
amor absoluto y su origen. La ocasión se había producido
tarde en su vida. Ya había andado mucho, tropezado con el mal,
el desamor, el engaño y sobre todo con el dolor, el sufrimiento
de los hombres. Te ríes. En tus ojos veo gavillas de estrellas
chispeantes. Sabes de quién se trata, sabes que no sé cómo
tirar. Yo también sé quién es, por esta razón
no puedo decir lo que sé. Ríete si quieres. Me alegra
tu alegría. ¡Qué será cuando podamos reír
juntos con el hombre de la gruta!
Bueno, si no puedo contar más
sobre la historia de, digamos de Neví, dime si puedo decir lo que pasó en
este prado. Si sonríes así es que estás de acuerdo. Tú sabes
lo que todo esto esconde, yo no. Así que tendrás que ayudarme para
que salga según la verdad de tu sabiduría...
Si quieres conocer
como siguen estos cuentos puedes contactar con nosotros.