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El Cielo cuenta cuentos

Hombre bueno / La joven / Una paloma distinta

"HOMBRE BUENO"

Érase una vez, hace muchos años, en un lugar desconocido, precioso, colmado de belleza, un hombre bueno, con un corazón de oro. El no lo sabía, ni tampoco lo sabían todas las cosas que lo rodeaban, pues nunca habían conocido a nadie más que a él.

No muy lejos de aquel lugar, pero a mucha distancia, la gente de la gran ciudad, obsesionada por poseer más y más a fin de alimentar a sus ídolos y como se agotaba lo que arrancaban a la tierra y el oro de sus minas, decidieron enviar espías por doquier a ver si podían encontrar, si existía, una mina desconocida e inagotable.

Los espías descubrieron muchas minas, pero estas minas eran tan pobres, el oro que contenían estaba tan mezclado de escorias que no conseguían purificarlo lo mínimo necesario. Esta gente se desquiciaba de verdad para satisfacer la gula insaciable de sus multitudes de dioses.

Mientras tanto nuestro buen hombre vivía feliz. Cuánto disfrutaba lo que tenía. El gozo que le colmaba venía de su corazón de oro. Con un corazón así, lo que el hombre veía, lo que comía y bebía, lo que oía, siempre era de su gusto. A cada momento le venía un deleite renovado por los perfumes y aromas de tantos árboles floridos, por las verduras preciosas de este bosque único que engarzaba el prado donde el hombre de corazón de oro vivía. Como estaba tan feliz, el hombre bueno tenía siempre abiertas las manos, nada de lo que pasaba por ellas era capaz de seducirle. Es que su felicidad no venía de ningún toque sino de la bondad de su corazón que amorosamente latía de su latir de oro fluido, nacido tal una fuente. A su alrededor una luz le envolvía. Esta luz era tan sutil que de día no se notaba pero cuando venía la noche, la luz traspasaba más allá del claro donde moraba nuestro hombre del corazón de oro, en ese bosque frondoso. Como su luz procedía de la dicha de vivir con un corazón capaz de amar siempre todas las cosas, nuestro hombre iba por su camino, el cual era siempre luminoso. En realidad nunca se alejaba de su casa pues estaba tan feliz en ella que ni se le pasaba por la cabeza salir más allá de una distancia conveniente.

La gente de la ciudad esperaba siempre ansiosamente la vuelta de los espías. Cuando volvían con alguna noticia de nuevas minas de oro enseguida mandaban un ejército muy poderoso y bien aguerrido. La conquista era fácil pues su pasión por las riquezas les daba un triunfo total.

Era de noche para los habitantes de aquella ciudad. Es que estaban ciegos. Más, ninguno se acordaba de la venida del día. Se habían acostumbrado a vivir en la tiniebla. No era el brillo del oro ni su belleza el motivo de su codicia sino el apetito voraz e inagotable de todos sus ídolos. Qué extraña esclavitud hacerse esclavo de unas imitaciones, unos dioses de fundición tragones como el abismo sin fondo.

Los espías en su búsqueda andaban de noche pues no les importaba no ver nada. Estaban guiados o más bien imantados por el olor del oro. Todo el mundo sabe que cada oro tiene su olor particular y también su color pero como no veían nada era el olor el que los guiaba. Todo el mundo sabe también que la plata no tiene olor, por este motivo y porque no era un alimento para sus dioses solo buscaban oro, oro, más oro.

Cuando los espías llegaron cerca del bosque, los espías se vieron invadidos por un perfume tan suave que vislumbraron un poco de la luz que fluía del corazón de oro del hombre feliz.

En seguida supieron que era oro lo que sentían. Un oro desconocido y por eso más apetecible que todo el oro descubierto hasta este momento.

Los espías se lanzaron adentro del frondoso bosque sin mirar a las espinas de las zarzas que les rodeaban hasta tal punto que se vieron rápidamente cubiertos de heridas. Al llegar a la orilla de la playa, pues este bosque era un océano inmenso con tempestades formidables, ellos vieron que la luz manaba de la casa situada en medio del prado. Cuando llegaron a la puerta de la casa de dicha, como eran espías, no les pasó por la mente llamar ni tocar al picaporte. Una raja en la puerta por la cual brotaba un poco de la luz interior les permitió ver una pizca de lo que había a dentro. ¡Oro! Oro purísimo, como nunca se había visto de memoria de ciudadano. ¡Cómo no iban a verlo, si era toda su búsqueda! ¡Oro! Estaban tan enloquecidos por su hallazgo que volvieron a la ciudad a toda prisa sin darse cuenta siquiera de las espinas agudas que de nuevo los desgarraban de una multitud de llagas. ¡Por fin ellos habían encontrado lo que todos esperaban! El origen del alimento de sus ídolos.

Hubo una gran asamblea de todos los ciudadanos, convocados por el gran mayordomo y sus secuaces, en torno al templo mayor del monte mayor de aquella gran ciudad. ¡Todos querían enrolarse para salir a la conquista de ese bosque extraño que contenía tal cosa!

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