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El Cielo cuenta cuentos

Relato de la Tercera Noche /Re creación de Purím / Al pie de la Letra

 

RE CREACIÓN DE PURIM

 

            Soy músico. No como los hombres que dejando la tradición venida de arriba, se agarraron a falsas seguridades que entorpecen y esterilizan lo que es el canto verdadero, la música armoniosa y celestial tal como se elevaba en gozo y alabanzas al hacedor de todas las cosas, al Santo, Bendito sea Él.

            Cuando veo las líneas de un pentagrama me parecen cuerdas para tender la ropa. A veces cuelgan cosas que ni habría que nombrar, ropas deformadas, descoloridas, o peor, chillonas e indecentes. Aun si esto da colorido a las calles de los viejos pueblos, son cosas que no tendrían que estar a la vista.

Como las notas del solfeo que no son más que eso, sol feo, cuando se petrifican, aferradas a su sitio, ley rígida que conduce a la parálisis de cualquier inspiración.

            Hace poco tiempo, una tarde poco antes de regresar a casa, me paré a observar a uno de estos músicos profesionales. Él “componía” por medio de uno de esos artefactos que los hombres, engañados como siempre por el espíritu mundano, llaman ordenadores, tendrían que llamarse, confusion-adores, vi aparecer sobre la pantalla, entre dos notas, un rostro, sorprendente irrupción, molesta para el músico. Enseguida quiso eliminar esa cosa, ese “virus” como dicen los entendidos. Molesto por esta perturbación, se puso nerviosísimo pero no consiguió deshacerse de él. El rostro era alegre, risueño.

            Esa aparición provocó curiosas reacciones entre las notas rígidas, fijas en sus puestos. No tuvieron más remedio que moverse, es que esa señora les perturbaba de suma manera. Doña…Hana parecía cómoda, muy sonriente, un poco despeinada y muy hermosa, llena de vida. El confusionador, a pesar suyo, emitió sonidos desconocidos. Ya no era la rapsodia que nuestro músico profesional fabricaba como churros de difícil digestión salvo para el gusto de las masas ávidas de música facilona que se mastica y se tira como un chicle. Este sonido cambiaba todo el sistema de la gama. Las notas enloquecidas intentaban mantener el equilibrio peleándose entre ellas. Doña Hana, esa intrusa, seguía tan contenta y tan tranquila que su paz se hizo contagiosa.

            ¿Pero, tú quieres de verdad que siga con este relato?

 

 

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